Hay una frase que aparece con una puntualidad casi matemática cada vez que una mujer habla de violencia sexual: «No todos los hombres.» Y sí, no todos los hombres, pero quizá deberíamos preguntarnos por qué esa frase aparece tan deprisa.
Porque una mujer puede estar hablando de una violación, de acoso, de miedo, de una agresión o de una cultura que normaliza determinadas conductas y, en cuestión de segundos, la conversación puede desplazarse hacia otro lugar: “Pero yo no soy así”, y entonces ya no estamos hablando de lo que le ocurre a las mujeres sino de lo injusto que resulta para algunos hombres sentirse incluidos en una conversación que perciben como una acusación personal.
Ese desplazamiento no es anecdótico y es precisamente una de las cosas que deberíamos analizar. Porque ninguna mujer que habla de violencia necesita dedicar la mitad de su discurso a tranquilizar a los hombres que no la ejercen. Porque, francamente, si no eres tú, entonces ¿por qué necesitas que la conversación deje de hablar de quienes sí?
Ahora tenemos Cornell
En septiembre de 2026 regresa a titulares un caso ocurrido en Cornell en octubre de 2024. Una estudiante identificada como Jane Doe, presentó una demanda civil contra Cornell, Chi Phi y varias personas, en la que acusa a siete miembros de la fraternidad de haberla agredido sexualmente después de que, de acuerdo a su relato, fuera presionada para consumir alcohol, marihuana y ketamina y quedara progresivamente incapacitada. La demanda sostiene que las agresiones se prolongaron durante varias horas.
Durante aquella noche apareció en un grupo de Snapchat vinculado a Chi Phi un mensaje en el que uno de los miembros habría escrito: «free pussy» refiriéndose a Jane Doe. Posteriormente apareció otro intercambio en el que alguien preguntaba si la «tienda» seguía abierta y otro respondía afirmativamente. Esos mensajes forman parte de las pruebas que han contribuido a reabrir la investigación.
Y aquí hay que detenernos porque no quiero hablar solo de los señalados como agresores sino también de ese grupo de 57 hombres que se encontraban en el grupo de snapchat.
Porque la pregunta no es si eran todos violadores, sino ¿Qué ocurre en un grupo para que la sexualización y deshumanización de una mujer vulnerable puede aparecer en una conversación entre hombres?
Aquí eso de “No todos los hombres” deja de tener valor porque las mujeres ya no estamos diciendo que todos los hombres hacen esto, lo que señalamos es que existe un problema social de violencia que los hombres ejercen contra mujeres y necesitamos hablar de cómo se produce, se normaliza, se encubre o se tolera. Y con esto pedimos que la conversación deje de centrarse en quien ha sufrido la violencia y pase a centrarse en quien la ha ejercido y qué hace la sociedad para que quienes la ejercen se sigan sintiendo intocables.
Si una mujer interpreta como peligroso a un hombre que no lo era, probablemente ha tenido un momento incómodo. Si interpreta como seguro a un hombre que es peligroso supone un riesgo en donde las consecuencias son mayores. Eso no nos muestra que cada hombre sea una amenaza, significa que el coste de equivocarse no es simétrico.
No es una cuestión de odio hacia los hombres, es una cuestión de gestión del riesgo.
Recordemos al oso. Aquella pregunta que se volvió viral: ¿Preferirías quedarte sola en un bosque con un hombre desconocido o con un oso? Antes y ahora, muchos hombres se indignaron y regresó la discusión sobre osos cuando la pregunta no es sobre zoología, es sobre percepción del riesgo, sobre incertidumbre y sobre vulnerabilidad.
Y es que los hombres se indignan porque se les considera peligrosos cuando lo que las mujeres planteamos es la imposibilidad de saber si el hombre que tenemos enfrente es potencialmente peligroso.
El problema es convertir la vulnerabilidad de ella en justificación de la falta de responsabilidad del otro
Muchos victimarios justifican lo que han hecho o lo que le ha sucedido a alguien en una posición vulnerable responsabilizando justamente a la parte vulnerable y olvidando la responsabilidad de quien ejerce las acciones. Bebió demasiado, salió sola, se fue de fiesta, llevaba ropa provocativa. Ella fue a casa de ellos, consumió drogas, no gritó, no se defendió, se quedó paralizada. Ella sabía en donde se metía, ella dijo que sí antes, ella… Siempre ella.
Es extraordinario cuánto esfuerzo dedicamos algunas veces a reconstruir el comportamiento de una mujer para averiguar qué podría haber hecho diferente para evitar la agresión. Y el poco esfuerzo que ponemos al preguntar: ¿Qué decidió hacer el agresor?
Porque no es lo mismo decirle a alguien “Ten cuidado cuando vuelvas sola a casa” que decirle “Como volviste sola a casa, eres responsable de lo que te ocurrió”. Son dos cosas completamente distintas.
La prevención no puede convertirse en culpabilización. Porque esta sociedad ya está construida en una lista de cosas de las que las mujeres ya son responsables (y criticadas al mismo tiempo): Bebe menos, sal menos, viste diferente, desconfía de los demás, ve acompañada, no te equivoques al prejuzgar a alguien, no te conviertas en víctima.
Y mientras tanto, ¿qué estamos enseñando a los potenciales agresores? Nada. Y ahí está el problema.
Por eso recuerdo la película de Emerald Fennell «Promising Young Woman». Porque ahí no habla de las consecuencias que tiene una mujer por una violación, sino que trae a la mesa algo mucho más incómodo: la capacidad de una sociedad para proteger al agresor cuando el agresor resulta suficientemente agradable, prometedor o socialmente valioso.
Pareciera caso de ficción creado exclusivamente para la película, el que Cassie no se enfrente únicamente al hombre que participó en la agresión de su amiga Nina sino que se enfrenta también a quienes minimizaron lo ocurrido, a quienes prefirieron no mirar o que argumentan que no se puede acabar con la vida de un joven prometedor por una noche de errores. De esta forma estamos dando por hecho que él si tenía un futuro importante y ella no.
La pregunta obvia para mí es: ¿Por qué el futuro de él necesita protección y el futuro de ella parece negociable?
El problema entonces ya no es solamente la agresión sino la distribución desigual de nuestra preocupación después de la agresión.
Está claro que nadie debería utilizar la posibilidad de que una acusación tenga consecuencias para convertir las consecuencias en argumento contra la denuncia. Si una persona comete un delito y posteriormente pierde determinadas oportunidades como consecuencia de ese delito, la pregunta no debería ser ¿quién le arruinó la vida? La pregunta siempre debería ser: ¿Qué hizo esa persona y qué consecuencias corresponden a sus actos?
Y si bien la responsabilidad penal es individual, existe otra dimensión: la responsabilidad social.
Un grupo no necesita estar formado por 57 violadores para que exista una cultura que facilite la violencia, basta con que determinadas conductas sean toleradas, o que la humillación sexual sea graciosa. Basta con que una mujer borracha sea considerada un objeto disponible (free pussy) o que nadie quiera ser el aguafiestas que se acusado de aburrido por hacer lo éticamente correcto.
Porque a las mujeres ya no nos interesa saber si el hombre que tenemos enfrente violaría o no a una mujer. Ahora la pregunta más interesante es ¿Qué haces cuando otro hombre sí lo hace?
Seguimos en el momento de darnos cuenta de que debemos analizar lo que hacemos como sociedad. ¿Qué enseñamos?, ¿qué toleramos?, ¿qué normalizamos?, ¿qué bromas dejamos pasar?, ¿qué comportamientos excusamos?, ¿qué hacemos cuando nuestro amigo cruza una línea?, ¿qué hacemos cuando una mujer dice que algo le incomoda?, ¿qué hacemos cuando alguien está demasiado intoxicado para consentir?
Y, sobre todo: ¿qué hacemos cuando un grupo convierte a una mujer vulnerable en objeto de conversación sexual?
Es momento de recordar que necesitamos hombres que sean capaces de cuestionar a otros hombres e instituciones que no protejan reputaciones por encima de personas. Necesitamos educación sexual que enseñe consentimiento y no solamente prevención del embarazo que responsabiliza solo a la mujer. Necesitamos dejar de educar a las mujeres exclusivamente para evitar agresiones y empezar a educar a los hombre para no agredir.
Dejemos de convertir cada agresión en una investigación sobre la conducta de la víctima y no confundamos la crítica de un sistema con una acusación individual.
Decir que existe una cultura de violación significa que determinadas ideas, comportamientos, silencios y mecanismos sociales pueden contribuir a que la violencia sexual sea más fácil de producir, justificar o encubrir y ninguna mujer que dice que tiene miedo necesita que un hombre le conteste “yo no soy peligroso”. Necesita poder vivir en una sociedad donde no tenga que averiguarlo por las malas.
Porque el objetivo no debería ser convencer a las mujeres de que los hombres son buenos. El objetivo debería ser construir una sociedad en la que una mujer no necesite apostar su seguridad a que el hombre que tiene delante lo sea.




