Hay dos motivos por los que fui a ver La Odisea, el primero es Christopher Nolan, el segundo… La Odisea. Y es que desde que sabía que se juntarían estos dos ingredientes era prácticamente imposible que yo no terminara en una sala de cine.
Lo curioso es que entré sabiendo que no iba a ver la película completa. Y no, no estoy hablando de que me saliera antes del final sino porque de antemano yo sabía que Christopher Nolan filmó esta película pensando en pantallas IMAX 70 mm, de esas gigantescas que existen en muy pocos lugares del mundo y a las que, sencillamente, yo no tengo acceso.
Así que compré mi entrada con una certeza bastante peculiar, iba a ver una versión incompleta de la experiencia que él había imaginado y por supuesto no me enojé sino que pensé algo mucho más simple: «Qué pena que una fan de Nolan no pueda ver su película tal y como él la concibió».
Ahí terminó mi pseudo-enojo y empezó mi reflexión.
Porque hay una diferencia enorme entre aceptar una limitación y pelearte con una realidad que no va a cambiar. La película empezó y efectivamente ocurrió lo que imaginaba, se veía suficientemente bien pero también tenía la sensación de que algo faltaba. Había demasiados primeros planos, demasiados rostros ocupando toda la pantalla y yo no podía evitar pensar que aquello que estaba viendo había sido concebido para que, detrás de esos rostros, existiera un paisaje inmenso que simplemente no cabía en esa pantalla. Era mirar un cuadro precioso, a dos centímetros de distancia.
¿Me gustó? si. Aunque no cambió la opinión que tengo, desde que leí el libro de que La Odisea es excesivamente androcentrista, sin embargo, el monólogo final entre Odiseo y Penélope y la forma en que Nolan construye la imagen representativa de los dioses y sobre todo el por qué Atenea luce como luce, para mí justificaron completamente la entrada que pagué.
¿La volvería a ver? No. Y esta respuesta me hizo pensar que los límites funcionan exactamente así.
Porque un límite no consiste en decir «no me hagas esto» sino en aceptar «sí, esto es exactamente lo que sabía que iba a recibir” y, una vez que sabes lo que hay, toca decidir qué haces con ello.
Puedo aceptar que esa versión de la película existe, la disfruto y aún así decido que no necesito repetir la experiencia, y esto no convierte a la película en mejor o peor, simplemente la coloca dentro de mis propios límites.
Creo que en las relaciones hacemos justo lo contrario. Vemos claramente lo que la otra persona puede ofrecer, pero en lugar de decidir si eso nos basta, empezamos a negociar con una versión imaginaria de quién podría llegar a ser y entonces hacemos lo que solemos hacer: esperar que cambie. Volvemos una y otra vez al mismo cine imaginando que esta vez la pantalla será una IMAX, pero la realidad tiene la mala costumbre de ser lo que es y no se adapta a nuestras expectativas y la pantalla ahora no es IMAX porque nunca lo fue.
Y es que ni los límites ni las expectativas están para obligar al otro a cambiar. Los límites vienen de la propia persona que los establece y existen para decidir qué hacemos personalmente con la realidad que tenemos delante. Y eso también es una forma de cuidarnos: aceptar que la realidad es lo que es y que por mucho que insistamos no se va a convertir en algo que no es.
Al final no salí del cine decepcionada sino pensando que yo no ví la película que Nolan imaginó y Nolan no logró que una fan la viera tal y como él la imaginó. Pero, al final, ninguno de los dos salió perdiendo realmente porque él hizo la película que quería hacer y yo decidí verla sabiendo exactamente lo que iba a recibir. Y así los dos nos hacemos responsables de las consecuencias de nuestras decisiones.
Porque de eso se tratan los límites: no de conseguir que la realidad sea distinta, sino de decidir qué hacemos con lo que SI tenemos.


