No es miedo, son razones: lo que pasó en Telegram lo demuestra

Hace unos años tuve una conversación con un ex que todavía me ronda la cabeza. Le estaba explicando la tendencia viral que circulaba entre mujeres: si estuvieras sola en un bosque y tuvieras que elegir entre la compañía de un oso o la de un hombre desconocido a quién elegirías, la mayoría elegiríamos al oso, sin dudarlo.

Él, aún cuando decía ser un “aliade” se indignó, lo tomó como un insulto personal, como una exageración absurda y otra más de esas cosas por las que a las feministas nos acusan de victimizarnos. Le expliqué la lógica detrás de la respuesta: con el oso, el peligro es predecible y con un hombre desconocido no sabes qué tienes enfrente. Él no lo entendió, o no quiso entenderlo e insistía en que no tenía sentido, que era exagerado, que cómo íbamos a tener más miedo a un hombre que a un animal salvaje.

Y entonces dijo algo que todavía me resuena: Que él preferiría dejar a sus dos hijas con un hombre desconocido y yo en ese momento solo pude pensar una cosa: Menos mal que esas chicas tienen una madre que estoy segura de que no las dejaría solas con un hombre desconocido.

Y es que yo no pido que todos los hombres sean considerados culpables, yo solo quiero que se entienda por qué tenemos miedo.

Y que ese miedo tiene nombres, apellidos, y grupos de Telegram con (al menos) 70.000 miembros.

A finales de 2024, las periodistas Isabel Ströh e Isabel Beer del equipo de investigación STRG_F de la cadena pública alemana ARD destaparon algo que muchas ya intuíamos pero que resulta igualmente devastador ver confirmado con datos: grupos de chat en Telegram donde decenas de miles de hombres intercambiaban instrucciones detalladas sobre cómo drogar y violar a mujeres. No hablamos de un perfil aislado, de un caso extremo y marginal sino de comunidades organizadas con normas propias, lenguaje en clave, links a tiendas online donde se venden sedantes camuflados en champús y lociones.

Mas de 1 año de infiltración por las periodistas para documentar los chats
70.000 miembros en el grupo principal detectado
25.000 miembros en subgrupos más pequeños y privados

Los usuarios de estos grupos confesaban agresiones ya cometidas contra mujeres de su entorno: parejas, hermanas, madres, y compartían relatos en primera persona e instruían a otros paso a paso. Algunos hablaban como si fuera manual de instrucciones sobre lo que hizo Dominique Pelicot al drogar a su mujer Gisèle permitiendo que más de 50 hombres la violaran mientras dormía.
Porque esos chats eran exactamente lo que su nombre indicaba, una “rape academy”, una escuela de violación con alumnos, materiales didácticos y foros de consulta.

No todos los hombres, pero siempre un hombre

Cada vez que surge un caso como este, aparece el mismo escudo: «No todos los hombres» y es cierto pues nadie en su sano juicio generaliza, pero hay una verdad que el lema esconde: aunque no sean todos, siempre es un hombre. Y es que no existe un grupo de Telegram con 70.000 mujeres enseñando a drogar y violar a hombres: No existe.

Y no porque las mujeres seamos biológicamente mejores personas, sino porque no vivimos en una cultura que haya normalizado la violación del cuerpo masculino durante siglos o que la haya romantizado en el cine o minimizado en los tribunales y mucho menos que la haya convertido en chiste entre amigos.

Hablamos de violencia de género precisamente porque tiene género:
El agresor es hombre.
La víctima mujer.
Eso no es un sesgo feminista, es estadística.

Si seguimos con la lucha feminista es porque seguimos necesitándola y no porque estemos atrapadas en el pasado sino porque el pasado sigue muy presente.

La tecnología amplifica lo que ya existía

Hay quienes argumentan que internet crea monstruos y yo creo que mas bien los revela y además les da la infraestructura que necesitan. Porque es cierto que los grupos de Telegram no inventaron la cultura de la violación, son los hombres (género) que la convirtieron en herramienta para poder organizarse en el anonimato y hacer crecer su comunidad. Lo que antes quizás quedaba en el susurro de un vestuario o en la impunidad de una noche sin testigos, ahora tiene foros con decenas de miles de seguidores, subgrupos privados con cuotas de acceso de entre 5 y 50 euros al mes, y livestreams de agresiones en tiempo real.

La violencia hacia las mujeres no es nueva, lo que es nuevo es la velocidad con la que se propaga, la facilidad con la que se organiza, y la impunidad con la que opera detrás de una pantalla. Mientras Telegram afirma tener tolerancia cero con estos contenidos los grupos cerrados que desactivan se reabren horas después con un enlace nuevo compartido entre los mismos miembros, el sistema se autoregula para sobrevivir.

De Pelicot a Telegram

Cuando salió el caso Pelicot, muchas personas lo describieron como un caso excepcional y aberrante pues se consideraba imposible de imaginar a un hombre que durante diez años drogara a su esposa para que más de cien hombres la violaran. Hombres de esos llamados «comunes», un enfermero, un bombero, vecinos del pueblo, padres de familia.

Así, lo que el grupo de Telegram descubierto por ARD nos demuestra es que el caso Pelicot no era una anomalía sino la punta de un iceberg que estaba organizado, normalizado y expandiéndose activamente en foros digitales. Los propios miembros de esos chats citaban el caso Pelicot como inspiración, lo estudiaban como método y era, para miles de hombres en todo el mundo, un modelo a seguir.

Eso es lo que tenemos que entender, no como dato curioso ni como titular de una semana
sino como una realidad estructural.

¿Por qué seguimos?
A veces me preguntan, con cierto cansancio en la voz, si no estoy exagerando pues las mujeres ya hemos logrado muchas cosas y si no es hora de hablar de otras cosas y mi respuesta es siempre la misma: el día que dejemos de necesitarlo lo sabremos con certeza porque será el día en que no existan grupos de 70.000 hombres enseñando a violar, o el día en que una mujer pueda caminar sola de noche sin calcular el riesgo, o que un padre no prefiera dejar a sus hijas con un desconocido antes de admitir que el riesgo del que hablamos las mujeres es real.

Ese día todavía no ha llegado y mientras no llegue, seguiremos aquí, incómodas, persistentes, y con los datos en la mano. Porque el problema no es que las mujeres tengamos miedo sino que seguimos teniendo razones y por eso el feminismo no es una exageración, es una respuesta y muy necesaria.

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