8 de marzo: la memoria incómoda que todavía necesitamos

“Los derechos parecen naturales… hasta que alguien intenta quitarlos.”

Cada año, cuando llega el 8 de marzo, vuelve la misma pregunta disfrazada de cansancio o de aparente neutralidad: ¿Todavía es necesario?  La pregunta en realidad revela algo más profundo, lo fácil que es olvidar lo reciente.

Porque muchas de las libertades que hoy parecen obvias para las mujeres son, en realidad, conquistas extremadamente recientes. Tan recientes que nuestras madres o nuestras abuelas vivieron en un mundo donde decisiones básicas sobre su propia vida estaban legal o socialmente restringidas.

Y cuando algo se vuelve cotidiano ocurre un fenómeno psicológico interesante: dejamos de percibir el conflicto que lo hizo posible y el problema es que los derechos que se olvidan también se vuelven más fáciles de cuestionar o revertir.

Por eso el 8 de marzo no es una celebración vacía, es una fecha de memoria social y política.

Hagamos memoria (reciente). Cosas que las mujeres tenían prohibidas (o fuertemente restringidas) hasta los años 70 y 80

Aunque hoy parezca lejano, hace apenas unas décadas muchas mujeres no podían tomar decisiones básicas sin supervisión masculina o social, entre ellas:

  • Abrir una cuenta bancaria sin autorización del marido o del padre.
  • Firmar contratos legales por cuenta propia.
  • Acceder libremente a ciertos estudios universitarios o profesiones.
  • Decidir si tener o no hijos (la anticoncepción y el aborto estaban criminalizados en muchos lugares).
  • Denunciar violencia dentro del matrimonio: legalmente se consideraba un asunto privado.
  • Rechazar relaciones sexuales dentro del matrimonio: el concepto de violación marital ni siquiera existía en muchas legislaciones.
  • Mantener ciertos empleos después de casarse o quedar embarazadas.
  • Ser consideradas económicamente independientes ante la ley.
  • Obtener crédito o hipotecas sin un hombre como aval.
  • Participar plenamente en la vida política o en espacios de poder.

Y aunque algunas de estas restricciones no siempre estaban escritas en leyes, existían en forma de normas sociales tan fuertes que funcionaban como prohibiciones reales.

Cosas que todavía siguen ocurriendo hoy

Hoy muchas mujeres pueden estudiar, votar o trabajar. Pero siguen enfrentando dinámicas estructurales que limitan su libertad y su seguridad, entre ellas:

  • Violencia de género que sigue cobrando vidas cada año.
  • Brechas salariales persistentes.
  • Penalización social o laboral de la maternidad (o la NO maternidad).
  • Cuestionamiento constante de la credibilidad de las víctimas de violencia.
  • Control sobre el cuerpo y los derechos reproductivos en muchos países.
  • Cosificación sistemática del cuerpo femenino en medios y cultura digital.
  • Carga desproporcionada del trabajo doméstico y de cuidados.
  • Hostilidad hacia mujeres que ocupan espacios de poder o liderazgo.
  • Violencia digital y acoso en redes sociales.
  • Discursos que intentan presentar la igualdad como una amenaza.
  • Discursos que siguen responsabilizando a la mujer por cosas que son responsabilidad del hombre.

También sigue ocurriendo algo que muchas mujeres conocen bien: el escrutinio constante cuando ocupan espacios que históricamente se han considerado “masculinos”. Ingenieras, científicas, programadoras, policías, mecánicas o directivas siguen enfrentando preguntas o dudas que rara vez se hacen a sus colegas hombres: si realmente están capacitadas, si podrán manejar la presión o si ese trabajo “es para ellas”.

Y cuando se menciona esto, suele aparecer una respuesta muy común: “Pues a mí nunca me ha pasado.” Y es aquí donde hay que recordar que la experiencia personal no invalida la realidad colectiva.

Que una mujer no haya sido cuestionada en su trabajo, incluso si ocupa un puesto tradicionalmente asociado a hombres, no significa que otras mujeres no lo sean. Tampoco significa que ciertas formas de violencia o acoso no hayan ocurrido, muchas veces simplemente no las hemos nombrado como tales.

Durante décadas se normalizaron comentarios sobre el cuerpo, insinuaciones incómodas, presiones sociales sobre la maternidad o cuestionamientos constantes sobre la capacidad profesional de las mujeres.

Por eso, cuando alguien afirma que nunca ha sido violentada, tal vez la pregunta no sea si la violencia existe o no tal vez la pregunta sea qué hemos aprendido a reconocer como violencia y qué seguimos normalizando todavía.

Y aquí quiero hablar de un punto que me toca personalmente: las mujeres que no quieren ser madres.

En los últimos años se habla mucho de las mujeres que deciden no tener hijos, como si se tratara de una tendencia reciente o de una consecuencia del feminismo contemporáneo pero la realidad es que las mujeres que no desean ser madres siempre han existido. Han estado presentes en todas las generaciones, la diferencia es que durante mucho tiempo no tenían el espacio social para decirlo en voz alta.

Muchas mujeres de la Generación X, por ejemplo, lograron (logramos) tomar esa decisión y construir una  vida fuera de la maternidad. Pero incluso entonces —como ahora— la presión social nunca desapareció del todo. Las preguntas, las suposiciones, la idea de que algo “falta” o de que la decisión debe ser justificada siguen apareciendo una y otra vez. Como si la existencia de una mujer sin hijos necesitara ser explicada.

El 8 de marzo no es nostalgia. Es memoria.

La lucha feminista no trata de victimizar a las mujeres ni de enfrentar a hombres contra mujeres. Trata de algo mucho más básico: que ninguna persona tenga menos derechos, menos seguridad o menos voz por haber nacido mujer.

Y cuando alguien pregunta si el 8 de marzo sigue siendo necesario, tal vez la mejor respuesta sea recordar algo simple:

Los derechos que hoy parecen normales ayer fueron impensables y los derechos que olvidamos son los primeros que se pueden perder.

Por eso es que el 8 de marzo sigue siendo necesario.

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