El patriarcado y la estructura que absuelve, se burla y revictimiza a las víctimas.

Hablemos del caso Julio Iglesias y la clínica Salud Digna en Chihuahua.

Quien me conoce sabe que soy feminista y también sabe que desde ese lugar ni creo que todas las mujeres son buenas por el solo hecho de ser mujeres ni que todos los hombres son malos solo por ser hombres. Lo que sostengo es que nuestras sociedades están atravesadas por una estructura llamada patriarcado y desde ese punto de vista es que escribo, desde la crítica a ese sistema, porque cuando hay violencia casi siempre favorece al poder y ese le pertenece al patriarcado.

Primero aclaremos que el patriarcado no es una idea abstracta ni un concepto académico lejano: es una estructura viva que organiza quién es creído, quién es cuestionado, quién es ridiculizado y quién es protegido. Y cuando hablamos de violencia de género y violencia sexual esa estructura se vuelve brutalmente visible.

En las últimas semanas dos casos aparentemente distintos han sido leídos bajo la misma lente social: las acusaciones de violencia sexual que vuelven a emerger alrededor de Julio Iglesias; y lo ocurrido en la clínica de Salud Digna en el estado de Chihuahua en México, donde un joven de 19 años fue víctima de abuso. Dos historias, dos contextos, dos géneros distintos y una misma estructura operando.

El privilegio que no envejece

A Julio Iglesias se le ha defendido -y se le sigue defendiendo incluso ahora-, aún cuando hay evidencia audiovisual disponible. Entrevistas grabadas donde se observa cómo el “encanto” incluía prácticas que hoy reconocemos claramente como invasivas: mujeres obligadas a sentarse en sus piernas, comentarios sexualizados, dinámicas de poder normalizadas bajo el disfraz de carisma.

A esto se suman los testimonios actuales de diversas entrevistadoras que han narrado las condiciones en las que debían realizar su trabajo y esto no son rumores, no son suposiciones, son relator consistentes que encajan con lo que ya estaba a la vista desde hace décadas.

Y aun así, el reflejo social es la defensa, escuchamos justificaciones que dicen que están exagerando, que era otra época y así se estilaba o se dice que ellas aceptaron pues podían haber dicho que no. El patriarcado tiene una memoria selectiva: recuerda el talento, la fama, el legado y borra sistemáticamente el daño.

Aquí no se trata de revisar si es buen o mal artista, sino de entender cómo el estatus funciona como blindaje. El mensaje es claro: hay hombres a los que se les permite todo porque su nombre pesa más que las experiencias de quienes los señalan.

Esto no es mirar un abuso antiguo con ojos contemporáneos, es más bien denunciar que no debemos usar esos mismos ojos antiguos para justificar abusos que siguen ocurriendo hoy.

El patriarcado también tiene a la burla como mecanismo de control

En Chihuahua, México, acusaron a un médico de que mientras realizaba un estudio en una clínica de Salud Digna abusó de un joven, y lo que se ha visto no es solo indignación, sino burla, chistes, memes. Comentarios que ridiculizan a este joven de 19 años que fue violentado en un espacio que debía ser seguro y esa reacción no es casual, es patriarcal.

El patriarcado define al hombre por oposición a la mujer o sea que ser hombre es, ante todo, no ser mujer y desde esa lógica enseña a reírse de la violencia cuando esta incomoda su narrativa. Bajo ese sistema un hombre no puede ser víctima sin “perder” su masculinidad y cuando la pierde es simbólicamente feminizado y a partir de ahí recibe el mismo trato que históricamente han recibido las mujeres: sospecha, burla, descrédito. Surge entonces la idea de que debía saber a qué se exponía y así su dolor deja de ser un hecho que exige justicia para convertirse en material de escarnio y entretenimiento.

La burla es una forma de castigo social y sirve para disciplinar a quien rompe el guion y para advertir que si hablas te expones; y funciona igual para mujeres y hombres, aunque se exprese de maneras distintas.

Solo no olvidemos que sigue habiendo una diferencia pues cuando la víctima es mujer tenemos nombre, rostro y juicio.

No es casual que, cuando la víctima es mujer los medios nombren, exhiban y detallen su vida privada: su historia sexual, su carácter y su pasado se vuelven relevantes. La pregunta deja de ser “qué pasó” para convertirse en “quién era ella” o “qué hizo para provocarlo”. Mientras tanto, el hombre violentado sigue sin ser cuestionado.
Y ahí está la lucha contra el patriarcado que me interesa: no busco que los hombres sean señalados como lo hemos sido las mujeres, sino que a las mujeres se nos deje de señalar.

Que se acabe la estructura que ha normalizado la revictimización femenina al punto de volverla rutina informativa. Nombrar a la víctima, mostrarla, analizarla, juzgarla, mientras el agresor permanece protegido por el lenguaje. La mujer violentada no es solo víctima del hecho sino del relato que se construye sobre ella y ese relato suele estar lleno de sospecha.

Por eso, todo lo que sucede alrededor del caso de Julio Iglesias nos recuerda algo fundamental: el patriarcado no protege personas, protege roles y cuanto más poderoso es ese rol más fácil se vuelve que la víctima sea automáticamente puesta bajo sospecha.

Y tal como antes actualmente se duda del relato de las víctimas, se analiza su conducta, se examinan sus reacciones y se les exige coherencia emocional. Se les exige reaccionar como el patriarcado marca, o reclama una dignidad que debe reflejarse en silencio y prudencia. Mientras que al agresor se le concede tiempo y se analiza su contexto, pero siempre desde la benevolencia, suavizando los hechos y brindándole mayor humanidad.

Así, la estructura patriarcal ha normalizado no solo la violencia, sino también la burla hacia el abuso. entrenando a la sociedad para reaccionar con sarcasmo, incredulidad o indiferencia ante el sufrimiento, perpetuando la comodidad de quienes ostentan poder dentro de este sistema.

Por eso es urgente recordar las palabras de Gisèle Pelicot: “La vergüenza tiene que cambiar de bando.”

No es una frase bonita, es una consigna ética. La vergüenza no le pertenece a quien denuncia, ni a quien sobrevive, ni a quien rompe el silencio, le debe pertenecer a quienes abusan, a quienes encubren, a quienes se ríen, a quienes minimizan.

Cada vez que una víctima es cuestionada antes que el agresor, el patriarcado gana terreno, cada vez que se hace un chiste se envía un mensaje claro: el dolor no importa tanto como el orden establecido.

Criticar al patriarcado es una necesidad política, social y humana, porque mientras sigamos defendiendo nombres y ridiculizando cuerpos heridos la violencia seguirá teniendo permiso.
Cambiar la vergüenza de bando es, quizás, el primer acto real de justicia

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