Hay opiniones que no son cómodas, que no suenan bonitas, que no encajan con la esperanza que muchas queremos tener de un mundo más justo pero que siguen siendo verdad y esta es una de ellas:
Hasta que a los hombres no se les eduque para dejar de agredir de cualquier forma a las mujeres y hasta que los que ya son adultos entiendan que no tienen derecho a dañarnos,
a nosotras nos toca aprender a no ser vulnerables y a defendernos.
Tal y como aprendimos muchas desde niñas.
¿Me gusta? Claro que no.
¿Es justo? Tampoco.
¿Es la realidad en la que vivimos? Sí.
Y es que el deseo de cambio no es el cambio
Y si si eres hombre y no sabes qué es esta imagen,
pregúntale a alguna amiga tuya, que ella seguro sabrá.
Vivimos en una sociedad que todavía funciona bajo la lógica del patriarcado donde muchos hombres han sido educados para creer, consciente o inconscientemente que sus deseos, emociones y decisiones están por encima de los límites de una mujer.
Podemos querer un cambio, exigirlo y trabajar día a día para que llegue pero desear algo no significa que ya exista. Y mientras ese cambio no sea real, mientras siga habiendo mujeres agredidas, señaladas o incluso asesinadas, la responsabilidad práctica recae en nosotras. Aprender a cuidarnos, a leer señales, a poner límites, a defendernos física, emocional y legalmente. No porque tengamos que hacerlo. Sino porque ahora mismo, es lo que toca para sobrevivir.
La triste sorpresa de encontrarte con un hombre que realmente te respeta
Y es que la barra sigue estando muy baja y entonces es más probable que una mujer se sorprenda cuando un hombre la trata como una persona completa, con derechos, voz y límites, aún cuando esto es lo que debiera ser lo mínimo. El buen trato aún se vive como excepción y no como norma.
Y aún así es mejor sorprenderte para bien que terminar defendiendo tu historia en un juzgado donde la narrativa siempre busca culpabilizarte:
- “Es que ella provocó…”
- “Es que ella exagera…”
- “Es que ella lo permitió…”
- “Es que ella no fue firme en sus límites…”
- “Es que ella fue demasiado dura con él…”
Inserta aquí cualquier tontería con la que históricamente se justifican las violencias hacia nosotras. Y eso… si sales viva.
Y aquí te voy a contar algo que quien me conoce sabe que uso siempre como ejemplo. Es como una metáfora de la seguridad esperada contra la realidad que se vive.
Me encantaría dejar mi auto con la puerta sin seguro porque quiero confiar, vivir tranquila y que el mundo respete que estoy luchando para hacerle entender que robar está mal, que eso no se debe hacer. Pero como lo dije antes, querer algo no hace que la sociedad funcione distinto.
La realidad es la que es, no la que deseamos.
Y así como pongo seguro al coche para proteger un objeto material, tengo que poner límites, herramientas y precauciones para proteger mi vida. Porque muchos hombres aún nos ven como propiedad, como un recurso, como algo que pueden controlar o castigar.
Y mientras el patriarcado siga ahí (spoiler alert, ahí sigue) tenemos que continuar aprendiendo a defendernos, no porque sea justo, no porque sea natural, sino porque así han sido educados ellos y hasta ahora no ha permeado en su totalidad la igualdad y equidad que queremos.
Entonces de momento veamos que además de nuestra defensa, este es un buen momento para comenzar a incluir educación de igualdad en ellos, en los niños… hasta que el cambio esté realmente implantado en la sociedad.
Que los hombres se eduquen o re-eduquen emocional, social y éticamente para no ejercer violencia.
Que el respeto deje de ser una sorpresa y sea un estándar.
Pero mientras ese cambio llega y aceptémoslo, todavía falta, nos toca cuidarnos entre nosotras y enseñarles a las que vienen después de nosotras a hablar sin miedo, a poner límites firmes y prepararnos para protegernos.
No es el mundo que merecemos pero es el mundo que, por ahora, tenemos.
Y en él, sobrevivir también es resistencia.





