El asesinato de Sara Millerey no es un caso aislado. Es el reflejo más brutal de una estructura social enferma, que aún tolera la exclusión, el odio y la deshumanización como si fueran opiniones. Desde la psicología social, este crimen puede analizarse como el desenlace lógico de un entramado cultural, político y emocional que legitima la violencia contra quien es percibido como “diferente”.
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Vivimos en una época donde el fascismo se cuela en discursos “racionales”, en comentarios disfrazados de opinión, en los titulares de medios que, ejerciendo violencia simbólica niegan su identidad incluso después de muerta. Cambiar su nombre en las noticias, usar pronombres masculinos o referirse a ella con su nombre asignado al nacer (deadname) no es un error inocente: es una forma de violencia que la deshumaniza y perpetúa el rechazo a su identidad como mujer trans.
Es un acto de negación que refuerza la idea de que su existencia no es válida, que su verdad no merece ser respetada. Desde la psicología social, esto se comprende como una agresión simbólica, un atentado contra el reconocimiento social y la dignidad individual. Niegan su existencia incluso después de muerta. Y esa negación es una forma de violencia simbólica: despoja a la persona de reconocimiento, de dignidad, de humanidad.
Henri Tajfel y la Teoría de la Identidad Social nos ayudan a entender cómo los grupos humanos tienden a buscar cohesión interna a través de la exclusión del otro. Las personas tienden a favorecer a los miembros de su propio grupo y a rechazar a los de otros grupos, incluso cuando las diferencias son triviales o arbitrarias. Cuando esa lógica se combina con ideologías intolerantes, lo que comienza como burla o rechazo termina, como en este caso, en un crimen de odio.
Y la violencia no se detiene con el asesinato, continúa cuando la sociedad responde con indiferencia. Esa segunda violencia, perpetúa el mensaje de que su vida no valía lo mismo que la de otros. Ya lo dijo Theodor Adorno, el odio al diferente no nace en el vacío, se cultiva en entornos que dividen a la humanidad en “nosotros” y “ellos”, reforzando la idea de que solo hay una forma legítima de existir.
Decir que “la homofobia es una opinión” es relativizar el peligro. El lenguaje tiene poder y llamar “ideología de género” a la existencia de personas LGBTIQ+ no es solo una expresión: es una forma de violencia simbólica que naturaliza el desprecio. Y como demostró Stanley Milgram (psicólogo de Harvard) en sus estudios sobre obediencia, las personas pueden llegar a cometer actos atroces cuando sienten que el sistema lo permite, o incluso lo avala.
Karl Popper ya lo dijo: “Si no estamos dispuestos a defender la tolerancia contra los intolerantes, entonces los tolerantes serán destruidos, y con ellos la tolerancia”. Es por esto que digo que no se trata solamente de castigar a los culpables. Se trata de desmontar las estructuras que los formaron.
Y yo, apoyándome en la psicología social, confirmo que urge un cambio de paradigma: Debemos dejar de dividir a la humanidad por género, raza u orientación sexual. No se trata de “tolerar” al otro. Se trata de reconocerlo como igual.
Sara necesita justicia, sí. Pero también memoria, respeto y reconocimiento. Necesita que su nombre sea dicho correctamente. Que su historia no sea minimizada. Que dejemos de participar, por acción, falta de acción o silencio, en la cultura que permite que personas como ella sigan siendo asesinadas.





Extraordinario análisis Sandy
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Muchas gracias Val!
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