Más que hockey: autoridad, risa y el peso de la responsabilidad

Lo que ocurrió tras la victoria olímpica no es una anécdota ni una simple controversia mediática, es una escena que expone cómo opera la autoridad, cómo funciona el deseo de pertenencia frente al poder y qué sucede cuando el éxito femenino se convierte en motivo de risa en lugar de reconocimiento.

El equipo femenino de hockey sobre hielo de Estados Unidos volvió a colgarse la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de 2026 y el equipo masculino también logró el oro. Dos triunfos deportivos que, en principio, deberían celebrarse por igual, sin embargo, durante una llamada con el equipo masculino el presidente Donald Trump bromeó diciendo que “tendría” que invitar también al equipo femenino y la risa no tardó en aparecer, la broma fue celebrada y lo que parecía un comentario ligero, encendió una controversia pública.

Pero este texto no pretende quedarse en la polémica porque más allá del chiste y de la reacción inmediata, lo que ocurrió revela algo más profundo: cómo opera la autoridad, cómo funciona el deseo de pertenencia frente al poder y qué sucede cuando el éxito femenino es reducido a un comentario que se aplaude en lugar de cuestionarse.

Porque no estamos ante un simple desliz. Estamos ante un fenómeno social que merece ser entendido más allá del deporte.

Cuando Donald Trump invitó al equipo masculino a la Casa Blanca e hizo ese comentario hacia el equipo femenino, lo que se activó no fue solo una conversación deportiva fue un escenario clásico de psicología social: poder, identidad y sometimiento simbólico. Los jugadores masculinos ahora están respondiendo entrevistas diciendo que era “un honor” haber sido invitados por el presidente. Y es que en el imaginario colectivo estadounidense la Casa Blanca representa la cúspide del poder institucional por lo tanto, ser llamado ahí no es solo una invitación: es una validación simbólica y aquí es donde la psicología social entra con fuerza.

La construcción de la figura de poder

El poder no es solo una posición formal, es una construcción colectiva que enseña a asociar ciertos cargos con autoridad moral, legitimidad y estatus. Así, el Presidente equivale a “la figura máxima” y frente a esa figura, el individuo promedio activa mecanismos de consideración casi automáticos.

Stanley Milgram lo demostró hace décadas: la autoridad percibida modifica la conducta, incluso cuando entra en conflicto con valores personales.

Desde la infancia aprendemos que a las figuras que se encuentran en posición de poder se les tiene que respetar, así, sin matices.  Y el patriarcado siendo un sistema que afecta y moldea TAMBIÉN a los hombres, les enseña que el reconocimiento viene de arriba y que si hay una validación importante, esa es la masculina.
Cuando los jugadores dicen “es el presidente quien nos invitó” no están hablando solo de protocolo, están apelando a ese imaginario colectivo que convierte al líder político en una figura casi incuestionable y aceptar la invitación implica entonces poder pertenecer a ese lugar tan soñado.

Es así que, cuando esa figura masculina de autoridad lanza un comentario misógino y el grupo ríe o minimiza, no siempre es porque comparta ese pensar sino que surge una respuesta automática y muchas veces el deseo de pertenecer pesa más que la incomodidad moral. Así, reír se convierte en una forma de alinearse y callar se convierte en una forma de proteger el estatus.

Pero entender el mecanismo no lo justifica.

La presión simbólica no elimina la responsabilidad individual y que el patriarcado moldee no significa que anule la autonomía.

El verdadero problema no es solo haber asistido, es, posteriormente, haber minimizado el malestar social al responder con evasivas, pues eso hace ver que no se reconoce la falta de respeto, la burla que quizás ellos no empezaron pero si validaron y es que a los hombres el patriarcado les enseña que admitir que se equivocan es perder estatus y mas aún si lo hacen frente a aquello que históricamente se ha considerado inferior (las mujeres). Les enseña que rectificar es debilidad y que sostener la postura, aunque sea insostenible, preserva la jerarquía.

Y ahí es donde el daño se perpetúa porque no estamos hablando solo de hockey sino de modelos de masculinidad que se validan públicamente. Estamos hablando del mensaje que reciben los niños cuando observan a sus ídolos y de lo que interiorizan cuando ven que sus figuras de referencia pueden burlarse o minimizar el éxito femenino sin asumir consecuencias claras

Y lo que aprenden las niñas que miran como referente a las mujeres que han ganado todas esas medallas y que han sostenido la excelencia olímpica con disciplina y talento cuando al final se convierten en motivo de chiste o burla.

Tenemos que comenzar a cambiar la narrativa que el patriarcado ha enseñado a los hombres y hacerles saber que asumir la responsabilidad y aceptar el error no los hace menos hombres sino más íntegros, La cultura cambia cuando quienes ocupan espacios visibles asumen responsabilidad, cuando entienden que el honor no es solo asistir a una invitación, sino representar valores, porque el valor verdadero es estar a la altura del impacto que tienes.

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