Durante años, nos vendieron la idea de que el amor romántico era el máximo ideal humano y todo se resumía en encontrar “la media naranja”, completar lo que nos falta, fundirnos en un “nosotros” que se sobrepone a todo. Ese relato —tan dulce en apariencia— ha sido también uno de los más dañinos porque aprendimos a amar desde la carencia, la dependencia, el sacrificio.
Aprendimos que el amor duele, que amar es aguantar, que quien te hiere lo hace “porque te quiere”.
El amor romántico, en su versión más tradicional, ha sido una trampa disfrazada de promesa. Prometía compañía que muchas veces en verdad era control, o prometía pasión que terminaba en apego. Nos prometía eternidad, siempre que esto significara perder la evolución individual.
Y lo peor: aprendimos que estar sola era un fracaso.
Pero el romanticismo —en su esencia más pura— no tiene nada que ver con eso.
El romanticismo verdadero no es dependencia, sino admiración, entusiasmo. No es necesitar, sino querer compartir, tampoco es esperar que el otro nos salve, sino disfrutar el camino a su lado mientras ambos seguimos creciendo. Es poder ser tú misma sin miedo a perder al otro.
Es una relación donde la libertad no amenaza sino que fortalece el vínculo.
De anécdotas útiles
Recuerdo una conversación que tuve un día mientras intentaba explicar las razones por las que había decidido terminar una relación. Le contaba a una conocida que, más allá de los conflictos, había algo que me pesaba profundamente y es que no sentía apoyo.
Le dije, con una mezcla de tristeza y claridad que yo quiero sentirme apoyada por mi pareja, entonces ella me miró, casi con orgullo, y me respondió: Yo no necesito a nadie.
Y yo, sin pensarlo demasiado le contesté:
Yo tampoco, pero si estoy con alguien, me gustaría sentir/tener ese apoyo.
Si no, ¿para qué estar con alguien?
Aquel diálogo me marcó, porque resume un dilema que muchas personas vivimos hoy: hemos aprendido a ser autosuficientes, a no depender, a resolver nuestras cosas solas, y en esa independencia —a veces forzada por las decepciones o las heridas del pasado— hemos confundido fortaleza con aislamiento.
Yo sé resolver mis problemas sola, sé levantarme, enfrentarme a la vida y seguir adelante y tengo muy claro que no necesito una pareja para hacerlo. Pero si decido compartir mi vida con alguien, lo hago porque deseo acompañar y ser acompañada. No porque no pueda sola, sino porque el amor —cuando es sano— amplifica la vida.
El apoyo en pareja no significa debilidad, significa vínculo. Significa saber que el otro está ahí, no para solucionarte la vida sino para recordarte que no tienes que cargar con todo siempre. Es un “te veo”, un “estoy contigo”, un “cuentas conmigo”.
Y eso, en una sociedad que nos exige ser autosuficientes todo el tiempo, se ha vuelto casi un acto de rebeldía emocional.
Vivimos tiempos en los que la independencia se ha vuelto un estandarte y está bien. Durante siglos se nos enseñó a depender, a esperar, a conformarnos y hoy, por fin, muchas mujeres podemos decir “no necesito a nadie para estar bien”. Pero quizás el siguiente paso —el que implica más madurez emocional— sea reconocer que no se trata de necesitar o no necesitar, sino de elegir desde la libertad.
Elegir amar sin perderte.
Elegir acompañar sin absorber.
Elegir estar sin depender.
Y también, elegir irte cuando no hay reciprocidad.
Porque si el amor no te suma, si no hay apoyo, si te sientes más sola acompañada que cuando estás realmente sola, entonces es mejor soltar y no desde la rabia, sino desde la claridad de saber que mereces vínculos coherentes.
El amor romántico nos enseñó que el otro debía completarnos pero el romanticismo auténtico nos recuerda que el amor se disfruta más cuando ya estás completa. Cuando no buscas que te rescaten, sino que te acompañen, cuando entiendes que el amor no debe doler, sino dar calma.
Y entonces lo ideal no es “no necesitar a nadie” sino poder decir: “Puedo sola, pero prefiero contigo si me acompañas de verdad, si no, sigo sola y también estoy bien.”
Quizás eso sea lo más revolucionario del amor hoy: no renunciar a la independencia pero tampoco renunciar al deseo de apoyo, reconocer que ambas cosas pueden coexistir, que una mujer que se sabe suficiente también puede querer un abrazo, una palabra, una presencia que sostenga y eso no es debilidad, sino humanidad.
El romanticismo en su mejor versión no se trata de flores ni promesas eternas, sino de complicidad, respeto y ternura. De sentir que el otro no te resta energía, sino que te impulsa y que cuando la vida se pone difícil, no estás sola con tus pensamientos, sino que hay alguien a tu lado que no te quita el peso, pero te ayuda a llevarlo.
Y si no existe ese apoyo y amar se convierte en un ejercicio de soledad compartida, entonces sí es mejor volver a caminar sola. No desde la resignación, sino desde la certeza de que el amor —el real, el libre, el maduro— no te pide renunciar a ti misma, sino que te recuerda quién eres.
Otra anécdota necesaria
Recuerdo una conversación con alguien que fue mi pareja hace un tiempo a quien le dije con toda la calma del mundo: Yo no te necesito pero me gusta saber que te elijo cada día, porque de eso se trata el amor, ¿no? No de necesitar ni de aferrarse ni de vivir persiguiendo la emoción del principio… sino de elegir quedarse. De mirar al otro con la libertad de poder irte, pero querer seguir ahí.
Él me miró confundido, como si no entendiera que amar sin necesitar también es una forma profunda de amar.
Y, bueno… al final se fue igual.
Quizás porque hay quien solo sabe amar si lo necesitan, no si lo eligen.
El amor maduro no nace de la carencia.
Nace de la libertad.
De poder decir: no te necesito, pero me encanta compartir el camino contigo.




