¿Por qué a las mujeres nos cuesta aceptar un elogio?

El otro día estaba hablando con un amigo y mientras veíamos una foto mía y me dijo que me veía muy guapa, a lo que yo, quien me conozca sabrá que es cierto, contesté: ¡Gracias!, ¡si!, me veo muy bien. Su reacción fue inmediata fue decirme “¡Qué presumida!”. En ese momento me reí e ignoré su respuesta pero luego me quedé pensando: ¿Por qué cuando una mujer acepta un elogio de manera directa la reacción suele ser etiquetarla como presumida o engreída? y ¿por qué ni siquiera tenemos el derecho a decir “gracias” sin sentirnos culpables o incómodas?

Esa pequeña escena me llevó a reflexionar sobre algo más profundo: la diferencia en cómo nos educan a hombres y mujeres sobre como reaccionar al recibir un elogio, y cómo eso afecta la manera en que valoramos lo que somos, lo que hacemos y lo que proyectamos.

Primero quiero dejar en claro una cosa, elogio no es piropo porque aunque ambos implican decir algo “positivo”, la intención, el contexto y la recepción psicológica cambian totalmente.

La intención del elogio es reconocer y valorar a la otra persona de una manera respetuosa y no necesariamente tiene que ver con la apariencia física y si bien puede darse en ámbitos personales, laborales, académicos o sociales, en general se expresa desde un aprecio genuino, por tanto la línea de poder es horizontal y no invasivo.
El elogio refuerza, reconoce y valida.
En cambio, el piropo generalmente va ligado a la atracción física, muchas veces con un componente de seducción o dominio. Normalmente no es solicitado y, dado que es emitido desde un lugar de poder, es que se percibe invasivo del espacio personal, de ahí que genere incomodidad, inseguridad o incluso miedo ya que pone a la persona en el lugar de “objeto observado” más que de sujeto valorado.
El piropo suele objetivizar, invadir y posicionar a la otra persona en una situación no elegida.

“Qué guapa estás hoy”. «Has hecho un gran trabajo”. “Qué inteligente tu aporte en la reunión”.

A simple vista, parecerían frases que cualquiera recibiría con agrado, sin embargo en la práctica no siempre sucede así pues mientras muchos hombres pueden responder sin problema con un “gracias” y seguir adelante, a las mujeres nos han enseñado desde la infancia que si aceptamos un elogio corremos el riesgo de parecer “creídas”, “engreídas” o “presumidas” y que eso alardear y no está bien visto. Así aprendemos a minimizar nuestros logros aún cuando hayamos trabajado duro por conseguirlos.

Por no hablar de que aprendemos también que si un hombre nos elogia “de la nada” es porque algo espera de nosotras y rechazamos inmediatamente cualquier tipo de avance no deseado.

El hábito de negar lo positivo

Imagina que una amiga llega con un vestido nuevo a una reunión y alguien le dice que le queda muy bonito y ella, en lugar de agradecer, inmediatamente responde: “Ay, no… si es viejo, lo compré en oferta”. O bien, en el trabajo cuando alguien elogia la presentación que hace una compañera, ella también suele contestar “La verdad es que no fue tanto, seguro se me escaparon cosas”.

Negamos, restamos importancia, desviamos la atención, porque aceptar un elogio de manera directa nos parece “demasiado”.

Este hábito no es inocente: desgasta la autoestima y poco a poco interiorizamos la idea de que lo correcto es no reconocer nuestras virtudes, como si brillar fuese una falta de modestia y recordemos, «la modestia es virtud femenina”. El resultado es un terreno fértil para lo que tantas mujeres conocemos demasiado bien: el síndrome del impostor.

Cuando una mujer no aprende a creer en sí misma, cualquier logro se siente accidental. “Tuve suerte”, “no fue gran cosa”, “cualquiera lo habría hecho igual”. Frases que aumentan la dificultad de reconocernos capaces y minimizan el logro alcanzado.

Lo injusto es que ese síndrome del impostor no nace de un vacío personal, sino de una educación social que nos obliga a hacernos pequeñas. No es casualidad que tantas mujeres brillantes, con méritos claros, duden de su propio talento mientras sus colegas hombres, con credenciales similares (o incluso menores), se sienten seguros y legitimados.

Hacerse menos para que él se sienta más

Otro aprendizaje invisible que cargamos es la idea de que, si destacamos demasiado, podemos incomodar a los hombres, en particular, por supuesto, a nuestra pareja. Cuántas veces escuchamos o vivimos escenas donde alguien dice: “No seas tan directa, lo intimidas”, “No digas que ganaste más que él, se puede sentir mal”., “No hables tanto de tus logros, déjalo a él brillar”.

De manera sutil (o no tanto) se nos enseña que debemos reducirnos para no incomodar para que el hombre conserve su lugar de admirado.

Y aquí hay una trampa más: a los hombres rara vez se les educa para admirar a las mujeres por su inteligencia, su liderazgo o su seguridad. Se les enseña a valorarlas cuando cumplen con los roles asociados a lo “femenino”: ser serviciales, sumisas, calladas, o cuando asumen un papel de madre. Todo lo que sale de ese guion se percibe como amenaza.

Recuperar el derecho a creer en nosotras

Aceptar un elogio no debería ser un acto subversivo, pero para muchas mujeres lo es. Y es que al final se trata de desaprender la idea de que agradecer y reconocer lo bueno en nosotras nos hace arrogantes cuando la verdadera arrogancia está en un sistema que nos ha enseñado demasiado a dudar, a negarnos a nosotras mismas y a hacernos menos en pos de un bienestar que nunca es el propio.

La tarea ahora es permitirnos el derecho a brillar, incluso si eso incomoda a quienes nunca aprendieron a admirar a una mujer sin necesidad de que se comporte como madre, sombra o eco.

Y si quieres comenzar a aprender cómo aceptar un elogio, te puedo recomendar lo siguiente:

  1. Di “gracias” sin justificar. No necesitas explicar nada. Un simple “gracias” es suficiente.
  2. Evita el “no es para tanto”. Cada vez que minimizas tus éxitos estás reforzándote la idea de que está bien restar valor a tu esfuerzo.
  3. Repite mentalmente: “He trabajado por esto”. No por casualidad, sino porque trabajaste, aprendiste, te esforzaste.
  4. Contesta el elogio con autenticidad. Si quieres, puedes complementar con un “Me alegra que lo notes” o “Me esforcé mucho, gracias por reconocerlo”.
  5. Haz consciente el reflejo. Cuando sientas la urgencia de excusarte o quitarte mérito, respira y pregúntate: “¿Qué pasaría si me permito recibirlo sin más?”.
  6. Practica frente al espejo. Aunque suene simple, ensayar un “gracias” ayuda a que se vuelva natural.

Aceptar un elogio es un ejercicio de autoestima, pero también un acto de resistencia porque cada vez que decimos “gracias” o defendemos nuestro logro con convicción, estamos rompiendo un pedacito de esa educación que nos quiso enseñar a escondernos.

Deja un comentario