Fútbol femenino: ¿es menos o solo es que se le silencia?

Inglaterra, 1921, la Asociación de Fútbol prohibió que las mujeres jugaran en campos asociados al fútbol profesional. ¿El argumento? Que el deporte era “inapropiado para las mujeres”. Aunque en realidad, podemos entender que ahí hubo una decisión política y cultural

La prohibición duró medio siglo. En 1971 se levantó oficialmente la prohibición, aunque el acceso a condiciones mínimas de entrenamiento, competencia y profesionalización siguió siendo desigual. Y aún a la fecha, escuchamos frases como:

«Las mujeres no juegan bien»,
«El fútbol femenino es aburrido»,
«No es rentable ni popular».

Frases que no describen una realidad, sino que la construyen y la justifican.

¿De verdad las mujeres no juegan bien?

Este argumento se repite como un mantra, pero vamos a ponerlo en contexto: Primero, veamos que es una realidad que a los hombres se les entrena desde niños, se les ofrecen becas, escuelas deportivas profesionales. Las mujeres —en muchos casos— tienen que compaginar el fútbol con trabajos de medio tiempo, sin acceso a instalaciones dignas ni cuerpos técnicos especializados.

Y aun con todo lo anterior, quienes siguen el fútbol femenino saben que el nivel ha crecido exponencialmente en las últimas décadas. Jugadoras en todo el mundo han demostrado talento, liderazgo y entrega en cada partido.

Entonces, el problema no es la falta de calidad, sino la falta de inversión. El talento existe, lo que falta es el respaldo institucional y mediático que las apoye.

El teatro de las caídas y la diferencia en las faltas

Una de las diferencias más llamativas entre el fútbol masculino y el femenino está en el tipo de contacto físico y sobre todo, la reacción ante las faltas. En los partidos masculinos es común ver escenas teatrales: jugadores que se tiran al suelo tras un mínimo roce, buscando generar una tarjeta, una falta peligrosa o simplemente detener el ritmo del partido. Y cuando consiguen lo que buscaban, se levantan y caminan mostrando que en realidad no sufrieron ningún daño.

En cambio, en el fútbol femenino hay una cultura distinta, las jugadoras tienden a  resistir más y a fingir menos. El juego es más fluido y con menos interrupciones resultando en una actitud distinta, y nos habla de una ética competitiva que prioriza el juego por encima del drama.

Y he aquí la paradoja: lo que debería ser valorado —el juego limpio, la autenticidad— muchas veces se percibe como “falta de intensidad” o “aburrido”. En realidad, lo que ocurre es que estamos tan acostumbrados a los shows en la cancha que cuando alguien juega limpio y sin exagerar, lo vemos como menos espectáculo.

El mito de la falta de interés

Otro argumento clásico para justificar la desigualdad es que “a la gente no le interesa” el fútbol femenino. Pero la realidad es que cuando hay visibilidad, hay interés. El Mundial Femenino de 2019 fue seguido por más de mil millones de personas en todo el mundo. En 2023, se rompieron récords de asistencia en los estadios. y en países como Inglaterra, Francia España y Estados Unidos, los partidos femeninos han llegado a llenar.

La verdadera pregunta no es por qué la gente no lo ve, pues ya está demostrado que si tiene audiencia. Lo que debiéramos comenzar a preguntarnos es por qué no se transmite, por qué no se promociona, por qué no se invierte igual.

Y es que, dentro de esa alegada poca audiencia, lo que sucede es que cuando no hay cobertura, no hay consumo.  Sin embargo, la realidad es que cuando no se genera relato ni expectativa, se crea la ilusión de desinterés, pero cuando se apuesta por el fútbol femenino, la gente responde, las niñas se identifican, las familias asisten, los patrocinadores se interesan.

La ecuación es simple: donde hay inversión, hay resultados.

La doble exigencia

A las mujeres futbolistas se les exige excelencia constante, no solo deben jugar bien, sino convencer, y cargan con el peso de representar no solo a su equipo, sino a toda una lucha histórica. En cambio, el fútbol masculino tiene margen para el error, el aburrimiento, incluso para el escándalo. ¿Cuántas veces hemos visto partidos aburridísimos entre grandes clubes masculinos que nadie se atreve a cuestionar?

El fútbol femenino no es menos. Cuando la entrega y el juego limpio no han bastado para derribar décadas de desigualdad.

Las mujeres han tenido que construir su camino con lo mínimo, y aún así se minimizan sus logros, se les critica fuertemente una jugada errada, se les observa con lupa, se les compara con referentes que tuvieron todo. Y aun así, siguen jugando, resistiendo y demostrando que el talento no necesita permiso, solo oportunidades.

El futuro es más justo si lo exigimos

El fútbol femenino no necesita ser igual al masculino, no necesita replicar sus códigos ni sus ritmos, lo que necesita es respeto, inversión y visibilidad. Lo que necesita es que dejemos de compararlo desde la escasez y empecemos a valorarlo en sus propios términos.

Porque cuando una niña se ve representada en alguna de estas mujeres jugando en una cancha profesional, con estadio lleno y transmisión en vivo, no solo ve fútbol: ve una posibilidad. Y eso es lo que se nos ha negado durante décadas.

Porque no puede ser que hayan personas que llevan más tiempo en este mundo que, por ejemplo, el fútbol femenino inglés siendo legal.

A veces la historia no es tan lejana como creemos. ¿Cuántos derechos hemos naturalizado sin saber lo que costó conquistarlos?»

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