El pasado mes de mayo, un video se volvió viral: al bajar de un avión en Vietnam, Brigitte Macron, esposa del presidente francés Emmanuel Macron, le da lo que parece ser una cachetada o un empujón en la cara. Las reacciones no tardaron en llegar. Algunos lo tomaron como una broma entre esposos, otros como una anécdota irrelevante… pero algunos, los menos, lo vieron por lo que podría ser: una escena incómoda de violencia banalizada, porque la víctima es hombre.
Desde la sede de la presidencia, el palacio del Elíseo, se dijo que fue “una broma”, un gesto lúdico, afectuoso. Macron incluso lo minimizó públicamente. Pero el lenguaje corporal no miente: el presidente reaccionó con un movimiento de retirada, con el puño cerrado, con tensión en el rostro. Y entonces, una pregunta empezó a colarse en el debate público: ¿Y si hubiera sido al revés?
El mandato del aguante: el dolor masculino no importa
El patriarcado nos ha enseñado a identificar la violencia de forma selectiva. Si la víctima es mujer, lo llamamos agresión (como debe ser). Pero si el agredido es un hombre, se convierte en chiste, anécdota, “una broma entre pareja”. Lo que en una dirección sería intolerable, en la otra es irrelevante.
Este doble rasero no es casual. Se construye desde la infancia con frases como “los hombres no lloran”, “tú eres fuerte, aguanta”, “si te pegan, defiéndete, pero no te quejes”. La masculinidad patriarcal exige silencio ante el dolor. Resistencia. Entereza. Que no haya vulnerabilidad ni debilidad. Y con ello, invisibiliza la violencia que los hombres también pueden recibir. Porque si no sangran, si no lloran, si no se derrumban, entonces ¿no pasó nada?
Macron, líder de una potencia mundial, recibió un golpe en público de su esposa y ni siquiera tiene permiso simbólico de incomodarse. Se esperaba que sonriera, que lo tomara con humor, que hiciera como si nada. Y lo hizo. Porque si a una mujer le dicen que es ruda por poner un límite cuando la acosan en un bar, al hombre ni siquiera se le permite ponerlo: se espera que aguante, porque ‘es más fuerte’, ¿o no?
Pero entonces, ¿qué pasaría si esa misma escena la protagonizara una primera ministra recibiendo un bofetón público de su esposo? La indignación sería inmediata, y con razón. Entonces yo me pregunto, ¿por qué el criterio cambia?
Grooming: cuando la diferencia de poder se romantiza
El gesto en el avión reactivó una vieja conversación en torno a la pareja presidencial francesa. Emmanuel Macron y Brigitte se conocieron cuando él tenía 15 años. Ella era su profesora, casada, con tres hijos y 24 años mayor. Hoy su relación es vista por muchos como una historia romántica de superación del prejuicio, del paso del tiempo. Pe ¿y si los géneros hubieran estado invertidos? ¿Y si un profesor de 40 años se hubiera involucrado emocionalmente con una alumna adolescente?
En ese caso, casi nadie dudaría en llamarlo grooming. Porque LO ES. Como el caso de Sasha Sokol y Luis de Llano.
El grooming es un proceso en el cual un adulto gana la confianza y dependencia emocional de un menor para generar una relación íntima o sexual. No siempre implica violencia explícita, muchas veces se da desde el afecto, la admiración, incluso desde un “amor” que confunde y condiciona.
No se trata de juzgar la relación adulta de los Macron, sino de preguntarnos con honestidad: ¿Hubo igualdad en ese vínculo desde el principio? ¿O fue una diferencia de poder tan grande que el consentimiento adolescente era más obediencia que libertad?
El problema es que el patriarcado también esconde este tipo de dinámicas cuando el menor es varón. Se asume que “él quiso”, que “él estaba listo”, que “a los hombres les gusta eso”. Y así, la violencia queda disfrazada de experiencia, de crecimiento, de madurez o de amor verdadero.
Una bofetada es una bofetada. No depende de quién la da.
Lo que vimos en ese avión fue una agresión. ¿Le rompió la cara? No. ¿Fue una paliza? Tampoco. Pero fue un golpe y, sobre todo, fue un mensaje, uno que, en contexto, nos habla de cómo entendemos el poder en las relaciones y de qué tipo de violencia decidimos ver o ignorar. Justificar esa escena porque “es un juego entre pareja” es lo mismo que justificar los gritos en una relación porque “así se aman”. Es lo mismo que restarle importancia a la violencia emocional porque “no deja moretones”.
Y si a las mujeres nos ha costado años lograr que la violencia psicológica o simbólica sea reconocida como tal, no deberíamos repetir el mismo error, pero ahora contra los hombres porque la violencia no tiene género. El respeto, tampoco.
Feminismo no es impunidad femenina: es equidad radical
Señalar esto no es antifeminismo, al contrario, es volver al centro del feminismo real: la equidad.
Yo no puedo ver el feminismo como una revancha, no lo siento así. No creo que se trate de que ahora las mujeres tengamos carta blanca para hacer lo mismo que antes hacían los hombres. Para mí, el corazón del feminismo está en algo mucho más profundo: en no usar el poder —ni físico, ni emocional, ni simbólico— para dominar a nadie. En aprender a relacionarnos desde otro lugar, más justo, más humano.
Es por eso que normalizar que una mujer golpee a un hombre “porque es más fuerte y puede aguantar” no es feminismo. Es una réplica del patriarcado, solo que con otro protagonista.
Decir “no a la violencia” debe ser un no rotundo, sin justificar que viene de una mujer, o que si él es fuerte, o si ella tiene “razones”, o si “fue una broma”.
El respeto no se negocia
La escena del avión, más allá de si fue o no una “broma” nos recuerda algo que no podemos olvidar: el respeto mutuo es la base de toda convivencia sana y cuando justificamos la violencia dependiendo de quién la ejerce o quién la recibe, lo que estamos haciendo es perpetuar la desigualdad.
No se trata de hacer una cruzada contra Brigitte Macron, tampoco de victimizar a Emmanuel Macron como si no tuviera poder político y simbólico. Se trata de reconocer algo mucho más sutil y más profundo:
Que el poder no te hace invulnerable. Que el género no te hace intocable. Que la violencia no se minimiza por quién la sufre.
Cuando se justifica un golpe porque “él es hombre”, también se está diciendo que “a ella no le dolió” si fue psicológico. Es exactamente el mismo argumento. El que tantas veces sirvió para invisibilizar el dolor femenino. No lo usemos ahora para hacer lo mismo, solo que al revés.
¿Qué sociedad queremos? O al menos, qué sociedad quiero yo.
Una donde el respeto sea innegociable, donde no haya espacio para la impunidad ni el doble estándar, donde nadie se sienta con derecho a herir al otro —por amor, por poder, por costumbre, por género.
Porque al final, la verdadera equidad empieza cuando dejamos de justificar lo que es injustificable. Cuando nos atrevemos a mirar con el mismo le, sin importar quién esté del otro lado.




