En el corazón de Georgia, Estados Unidos, una joven mujer llamada Adriana Smith ha dejado de vivir. Legal y médicamente, se le declaró en febrero de 2025 muerte cerebral. Pero su cuerpo permanece conectado a máquinas, no por voluntad de su familia, ni por razones médicas esperanzadoras, sino por una imposición estatal que se aferra a mantenerla conectada para gestar un feto de apenas 9 semanas. La familia no ha podido iniciar su duelo, ni tomar decisiones sobre el cuerpo de Adriana. Porque ya no les pertenece. Porque el Estado ha decidido que ella ya no es una persona, sino una incubadora.
Este caso, más allá de lo trágico, es profundamente alarmante. Nos obliga a cuestionar las bases éticas, legales y psicológicas que sostienen los derechos reproductivos, y lo que ocurre cuando esos derechos son negados sistemáticamente.
El inicio de la tragedia: vida y enfermedad
Adriana Smith era una mujer joven, saludable y con planes, hasta que acudió al médico por fuertes dolores de cabeza que los médicos trataron con medicina pero sin realizarle ninguna prueba (como tomografías o algo así) A la mañana siguiente se encontró con dificultades para respirar y su pareja llamó al 911 donde la trasladaron al hospital y al realizarle pruebas se dieron cuenta de que tenía coágulos de sangre en el cerebro. Los médicos querían aliviar la presión con un procedimiento del que luego dijeron “no podemos hacerlo” y aquí es donde todo se pone mal.
El tratamiento que podían hacerle ponía en riesgo al feto de 9 semanas y debido a las leyes antiaborto del estado de Georgia, no pudieron actuar. La operación necesaria ponía en riesgo el embarazo, y eso fue razón suficiente para no tratarla.y se negaron a brindarle la ayuda y medicamentos que necesitaba para no poner en riesgo a un feto de 9 semanas de gestación. Y yo me pregunto, ¿hay más riesgo para un feto que tener a su madre muerta? Parece que eso en Georgia no es importante.
La ley que permite esta aberración conocida como LIFE Act fue aprobada en 2019 por el gobierno republicano de Brian Kemp y entró en vigor en 2022, después de la derogación de Roe vs Wade, el fallo de 1973 que legalizó el aborto en todo el país de Estados Unidos.
Así, Adriana no murió por su enfermedad, murió por negligencia legalizada.
La hipocresía del «provida» que ignora la vida de las mujeres
Este caso también pone en evidencia la brutal contradicción del discurso “provida”. ¿De qué sirve hablar de proteger la vida cuando se permite —y hasta se ordena— dejar morir a una mujer para preservar la posibilidad incierta de una vida en formación? La vida de Adriana fue sacrificada deliberadamente para no poner en riesgo al feto. No por razones médicas, sino por una visión ideológica que niega la humanidad, la autonomía y el derecho a la salud de las mujeres.
El discurso “provida” en estos contextos no protege vidas, sino prioriza una abstracción moral por encima de una vida real y consciente.
Adriana murió lentamente, atrapada entre una ética médica pisoteada y una legislación cruel. Murió por la decisión política de priorizar un embrión de semanas por sobre su vida. Y eso, por definición, no es “provida”. Es negligencia legalizada. Es violencia institucional.
El discurso «provida» ha sido una herramienta usada en la batalla legal contra el aborto. Pero en casos como este, su hipocresía queda expuesta: ¿De qué sirve proteger la «vida» si para hacerlo hay que dejar morir a alguien?, ¿De qué sirve hablar de derechos del feto si los derechos de la mujer se suspenden apenas queda embarazada?
Adriana no era solo un cuerpo gestante, era una persona con historia, vínculos y sueños. Y aun así, se le negó el derecho a recibir tratamiento para no poner en riesgo una gestación que, médicamente, tenía pocas probabilidades de llegar a término.
Y no podemos hablar del caso de Adriana sin hablar de interseccionalidad. Porque Adriana Smith no es solo una mujer, es una mujer negra. Y en Estados Unidos, eso sí importa. Importa para entender quién es más desechable para el sistema, a quién se le niega tratamiento y a quién se le impone un rol reproductivo, incluso en la muerte.
El feminismo interseccional nos recuerda que las mujeres racializadas y empobrecidas sufren las políticas más restrictivas con mayor fuerza y frecuencia.
El dilema médico: Salvar dos vidas o perder ambas
En medicina, cuando un embarazo pone en riesgo la vida de la madre, la ética clínica prioriza la vida más viable. Pero en Georgia, tras la anulación de Roe vs. Wade, las leyes han cambiado el protocolo: la prioridad es el feto, sin importar el pronóstico. Esto genera situaciones en donde los médicos no pueden actuar a tiempo, por miedo a represalias legales.
En el caso de Adriana, el hospital no quería dejarla morir, pero el Estado se lo exigió. Esta distinción es importante: no fue una decisión médica, mucho menos familiar, sino política. Es un intento deliberado del gobierno de Georgia por sentar un precedente: que el cuerpo de una mujer puede ser legalmente expropiado en función de una gestación.
Lo absurdo y lo inhumano. Un cuerpo sin vida que se mantienek conectado por orden del Estado
Adriana se encuentra en estado de muerte cerebral. No está viva, aunque su cuerpo sea mantenido artificialmente por máquinas. Aun así, el Estado insiste en prolongar esta situación durante meses para gestar un feto de 9 semanas.
Desde el punto de vista médico, esta gestación es casi inviable. La mayoría de los fetos gestados en cuerpos sin vida no sobreviven, y los que lo hacen suelen tener graves secuelas neurológicas y físicas, debido a la falta de regulación natural del cuerpo materno y los constantes fallos orgánicos. No se trata de “mantener la vida”, sino de prolongar la ficción de un absurdo.
Este feto se está gestando en un cuerpo sin vida.
¿Quién decide? No la familia. No los médicos. El Estado.
Lo más desgarrador del caso de Adriana es que su familia no desea este escenario. Han expresado públicamente su deseo de dejarla ir, de despedirse con dignidad. Sin embargo, no tienen poder de decisión porque el Estado les ha arrebatado la posibilidad de decisión ante un familiar . En este sistema, Adriana se ha convertido en solo un medio, un recipiente, una infraestructura biológica para un mandato estatal.
Y lo que es peor: el costo económico de mantenerla conectada no lo asume el gobierno, sino la familia. En un país como Estados Unidos, donde la salud está profundamente mercantilizada, esto significa que esta familia, además de vivir una tragedia, podría enfrentar la ruina económica.
Distopía hecha realidad: la mujer como máquina de gestar. Esto no es una historia de ciencia ficción, aunque lo parezca.
Podríamos encontrar ecos de este caso en novelas que creemos distópicas aunque no lo son como El cuento de la criada de Margaret Atwood, donde el cuerpo femenino es controlado y utilizado como recurso reproductivo del Estado. O en Nunca me abandones de Kazuo Ishiguro, donde los cuerpos existen para servir propósitos ajenos a su voluntad.
Ahora que ya sabemos que, aunque parezca distópica, la historia de El cuento de la criada no es una exageración. Margaret Atwood ya confirmó que no imaginó un futuro imposible: retrató realidades que ya existen. Este caso nos lo recuerda con crudeza. No hace falta mirar a la ficción para ver cómo las mujeres pierden la potestad sobre su propio cuerpo en nombre de un ideal de supervivencia humana. Está pasando aquí y ahora.
Las consecuencias invisibles: el duelo robado y el trauma perpetuado
Más allá de lo legal y lo médico, está lo humano. La familia de Adriana está atrapada en un limbo emocional, sin poder cerrar el ciclo del duelo, sin poder despedirse, sin poder resignificar la pérdida. Se ven forzados a presenciar cómo el cuerpo sin vida de esta Adriana hija, madre, esposa, es utilizado contra toda voluntad, para cumplir un mandato ideológico.
A tres meses de su hospitalización, familiares de Adriana Smith denuncian que los médicos les informaron que tienen prohibido retirar los dispositivos que le permiten respirar. “Veo a mi hija respirar, pero no está ahí”, ha dicho April Newkirk.
Desde la psicología, sabemos que los duelos no elaborados generan trauma, disociación emocional, depresión y angustia crónica. En este caso, no solo se ha perdido a una hija, sino también el derecho a llorarla con dignidad.
Una advertencia para el futuro
El caso de Adriana Smith no es un accidente aislado. Es parte de una tendencia más amplia, en la que los derechos reproductivos están siendo atacados con argumentos “provida” que, en la práctica, sacrifican la vida de mujeres reales en favor de una moral estatal impuesta.
Y no olvidemos: lo que hoy le ocurre a una, mañana puede ser ley para todas.






