«La brújula anda bien, lo que se rompió es el mundo» – Favalli (El Eternauta)
Héctor Germán Oesterheld
En medio de una nevada mortal que cae sobre Buenos Aires, un grupo de personas comunes se une para sobrevivir a una invasión alienígena. Podría parecer una historia más de ciencia ficción, pero El Eternauta, obra maestra de Héctor Germán Oesterheld y Francisco Solano López, va mucho más allá: es una metáfora profunda sobre el poder, la obediencia, la resistencia y la memoria colectiva.
A través de la lente de la psicología social, este cómic nos revela cómo los individuos se comportan ante el miedo, el autoritarismo y la deshumanización. Y al entender su trasfondo histórico —y la trágica historia de su autor— descubrimos que El Eternauta no solo es una ficción futurista, sino un grito de advertencia que sigue vigente.
Y si no quieres leer, al final encontrarás los enlaces al podcast.
El grupo como única salvación: solidaridad frente al desastre
Desde que empieza la nevada mortal, Juan Salvo y su familia entienden que nadie sobrevive en soledad. Su única oportunidad está en el grupo: vecinos que colaboran, comparten conocimientos, crean estrategias y se cuidan mutuamente.
Esto se vincula directamente con la cohesión grupal, una reacción natural en contextos de amenaza. La psicología social ha demostrado que ante peligros colectivos, las personas tienden a fortalecer la identidad compartida y priorizar la cooperación sobre el interés individual (Tajfel y Turner, 1979).
En lugar del «héroe solitario», El Eternauta propone una ética de la interdependencia. Todos los protagonistas son personas comunes: un técnico, un profesor, un obrero. No hay superpoderes. Solo comunidad. La sociedad solo puede sobrevivir si recupera el sentido de lo común.
Obediencia, manipulación y la banalidad del mal
La cadena de control alienígena está construida en capas: los “manos”, los hombres-robot, los cascarudos, todos esclavos de órdenes superiores, todos sin verdadera autonomía. Es un sistema de obediencia vertical en el que nadie asume la responsabilidad final. Una maquinaria deshumanizante.
Este modelo se relaciona con experimentos clásicos como el de Milgram, donde participantes aplicaban castigos a otros solo porque una figura de autoridad se los ordenaba. También con el caso real del nazismo y el concepto de «banalidad del mal» propuesto por Hannah Arendt: personas comunes que cometen atrocidades sin reflexionar, solo porque «cumplen órdenes».
Poder invisible, alienación y estructuras despersonalizadas
Los verdaderos invasores de la Tierra, los «Ellos», jamás se ven, actúan a través de otros. Esta ausencia refuerza el terror: no puedes luchar contra lo que no puedes ver y de ese modo no lo puedes nombrar con exactitud. El enemigo es una fuerza abstracta, sin rostro.
Esta estrategia narrativa refleja cómo opera el poder en los regímenes autoritarios o burocráticos, donde la toma de decisiones está tan fragmentada que nadie parece responsable. La psicología crítica lo vincula con la alienación: el individuo pierde control sobre su vida atrapado en estructuras que lo despojan de individualidad e independiencia.
Ideología, manipulación del miedo y creación del enemigo.
Los invasores dividen a los humanos, los enfrentan, los someten y les imponen roles. El miedo se convierte en mecanismo de control. La población ya no cuestiona: obedece, sobrevive y se adapta.
Esto resuena con la creación de «enemigos internos» en dictaduras y fascismos. La psicología social ha demostrado que cuando las personas son manipuladas con discursos de miedo, aceptan medidas extremas que en condiciones normales rechazarían.
El Eternauta no denuncia a los extraterrestres, sino a los humanos que traicionan, se resignan o colaboran con los invasores.
Cuando el miedo gobierna, el pensamiento crítico muere
Héctor Oesterheld: del cómic a la desaparición forzada
Este análisis no estaría completo sin hablar del destino de su autor.
Héctor Germán Oesterheld, comprometido políticamente, reescribió El Eternauta en 1969 con una carga aún más explícita contra los autoritarismos. En esa versión, Juan Salvo se convierte en guerrillero, y el enemigo adopta claras formas de opresión militar y económica.
En 1977, Oesterheld fue secuestrado por la dictadura militar argentina. Sus cuatro hijas también fueron desaparecidas. Nunca se encontraron sus restos. Su crimen: escribir, pensar, resistir.
Cuando se estrenó la serie de El Eternauta, algo inesperado pero profundamente significativo ocurrió: las Abuelas de Plaza de Mayo informaron que aumentaron las consultas de personas con dudas sobre su identidad. El Eternauta no solo habla del futuro distópico: interpela al pasado más doloroso de Argentina, y al hacerlo vuelve a encender preguntas que muchas veces se intentaron enterrar bajo la nieve del olvido.
El Eternauta se convirtió en un símbolo de la memoria, de la lucha contra el olvido y de la capacidad de la ficción para interpelar políticamente.
Recordar a Oesterheld es un acto de resistencia. Su obra nos obliga a preguntarnos: ¿qué haríamos nosotros frente a una nevada de injusticia?
¿Y la serie? ¿Logra la adaptación lo que proponían Oesterheld y Solano?
No voy a dar spoilers ni te voy a decir las respuestas a estas preguntas. Esas te las dejo a ti. Porque es cierto que toda adaptación televisiva (como la de Netflix) enfrenta un enorme desafío en la época en que se está llevando a cabo: llevar a la pantalla una historia profundamente política, en un entorno donde muchas veces se neutralizan los discursos incómodos para lograr mayor alcance global.
Lo que puede lograr:
– Rescatar el tono distópico y angustiante.
– Reforzar la importancia del grupo humano sobre el individuo.
– Reflejar la deshumanización de los sistemas de poder.
Lo que puede perder:
– El sentido político radical: si se edulcora la crítica al autoritarismo o se elimina el contexto latinoamericano.
– La memoria de Oesterheld: si no se conecta con la historia real de su desaparición y la dictadura.
– La dimensión ética: si se convierte en solo una historia de acción postapocalíptica.
Y es que para mi en esta ocasión la serie tiene el deber de no solo entretener, sino también preservar el mensaje político y humano que hizo de El Eternauta una obra inmortal.
Conclusión: una nevada que sigue cayendo
El Eternauta no es un cómic sobre una invasión alienígena. Es una advertencia simbólica. Nos habla de cómo las personas comunes enfrentan lo extraordinario. Nos recuerda que el poder puede disfrazarse, que el miedo puede manipularnos, y que solo la solidaridad y el pensamiento crítico pueden salvarnos.
“Lo viejo funciona, Juan.”
Y más allá de lo literal —lo analógico frente a lo digital—, esta frase toca una dimensión clave: la memoria colectiva. La psicología social ha demostrado que los grupos necesitan recordar su historia para construir identidad, resistir la manipulación y evitar repetir errores.
Cuando una sociedad olvida, se vuelve más vulnerable al autoritarismo y a la obediencia ciega.
Por eso rescatar lo viejo —lo anterior, lo incómodo, lo silenciado— no es nostalgia: es una herramienta de resistencia y conciencia crítica.
Lo viejo no es solo lo que fue. Es lo que aún puede protegernos.
Hoy, en un mundo lleno de vigilancia, discursos de odio, polarización y desigualdad, El Eternauta sigue cayendo sobre nosotros. Sigue pidiéndonos que miremos más allá de lo obvio. Que no nos resignemos.
Porque, como escribió Oesterheld: «La historia del Eternauta es la historia de un hombre común… el verdadero héroe colectivo.»
Aquí un resumen en Ivoox spotify y en youtube.








