El 19 de marzo siempre ha sido una fecha especial. Una celebración del Día del Padre que, al menos en España, se vincula a la festividad de San José. Pero ahora estoy escuchando, sobre todo en latinoamérica, cómo algo tan definido se empieza a transformar, cómo esa fecha que tenía un propósito claro se convierte en algo más difuso, en un supuesto «Día del Hombre», cuando ya existe uno el 19 noviembre. Y me pregunto, ¿qué significa realmente este cambio?
No parece algo inocente. Se siente más como una reacción, como un intento de equilibrar algo que, en realidad, nunca ha estado en desventaja. Los hombres han dominado los espacios de comunicación, han tenido voz sin esfuerzo, han impuesto discursos sin necesidad de lucha. Y ahora, con esta modificación, se corre el riesgo de que la conversación sobre la paternidad se diluya por completo. ¿No es curioso? En vez de fortalecer el significado del Día del Padre, en lugar de aprovecharlo para cuestionar y mejorar los modelos de paternidad, lo están convirtiendo en algo más genérico, en una reafirmación de la identidad masculina sin más.
Me inquieta pensar en el futuro. ¿Será posible que, con el tiempo, los hombres empiecen a decir que no tienen un Día del Padre porque esta fecha habrá sido completamente reformulada? ¿Que se olvide el propósito original y, en cambio, se insista en que hay que celebrar la masculinidad en general? Y mientras tanto, ¿dónde queda la reflexión sobre la paternidad real, sobre el compromiso, la responsabilidad, el amor y la presencia en la vida de los hijos?
No deja de ser llamativo cómo se manipulan los discursos, cómo se reacomodan las narrativas para que, al final, los mismos de siempre sigan teniendo el control. Mientras las mujeres hemos luchado por décadas para que el 8 de marzo sea reconocido, para que no se desvirtúe su significado, los hombres pueden, sin apenas esfuerzo, apropiarse de una fecha y redefinirla a su antojo. No es una simple cuestión de nombres o de reconocimiento, es una muestra más de cómo el privilegio opera de manera casi imperceptible, pero constante.
Pienso en la importancia de la paternidad, en cómo esta fecha debería ser un espacio para hablar de ello, para repensar qué significa ser padre hoy. No debería tratarse solo de la figura que provee, que dicta normas, sino de alguien que cría, que cuida, que se involucra emocionalmente. Pero si todo esto se transforma en un «Día del Hombre», ese debate se pierde. Y, con él, se pierde la oportunidad de avanzar hacia una paternidad más consciente y equitativa.
No es que el «Día del Hombre» en sí mismo sea un problema, pero sí lo es la manera en la que se imponen ciertas lógicas que terminan invisibilizando lo importante.
Y aquí estoy, reflexionando sobre esto, porque me resulta esencial no dejar que estas dinámicas pasen desapercibidas. Porque, si no se cuestionan, seguirán avanzando sin resistencia, moldeando la realidad a su favor, sin que nadie repare en ello.



