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La película El Asesino del Juego de Citas (2023), protagonizada por Anna Kendrick, no es solo un thriller psicológico que atrapa al espectador desde el primer minuto, sino también un espejo perturbador de las estructuras que han silenciado (y aún silencian) a las mujeres, marcando una época clave en los años 70. A través de su narrativa tensa, la cinta nos sumerge en un mundo donde el peligro acecha en cada esquina. Pero no solo el de un asesino en serie, sino el de una sociedad que sistemáticamente ignoraba y minimizaba las voces de las mujeres que, a pesar de identificar señales de peligro, se vieron desautorizadas por una sociedad profundamente patriarcal.
Ambientada en los años 70, el filme refleja una época en la que las mujeres comenzaban a ganar visibilidad en espacios públicos y laborales, pero aún eran vistas con escepticismo cuando denunciaban abusos o sospechas. Esta película muestra cómo el asesino utilizaba el carisma para embelesar y manipular, un patrón recurrente en casos de violencia de género: el depredador que se esconde detrás de una máscara de normalidad. La trama, basada en hechos reales, sigue a Cheryl, una joven universitaria (interpretada por Ana Kendrick) que sin saberlo, está a punto de terminar en las manos del asesino serial Rodney Alcalá (interpretado por Daniel Zovatto).
Y si bien esto ya es bastante aterrador, vemos que el peligro no solo está en este hombre sino la indiferencia de quienes deberían protegerla. La película retrata esto de una forma tremenda con el personaje de Laura (Nicolette Robinson) quien nos muestra cómo el sistema falla –policías, amigos y la sociedad en general– al minimizar las preocupaciones de las mujeres, incluso cuando el peligro era inminente señalando sus preocupaciones como exageraciones o paranoias e ignorando sus denuncias.
Es así que las mujeres de la época (y, en muchos casos, aún hoy) eran condicionadas a subestimar sus propias experiencias, llevándolas a generar un mecanismo de defensa (internalización de la culpa) que, lejos de protegerlas, las dejaba más vulnerables.
Este contexto histórico no es casual: los años 70 fueron una época en la que, aunque el movimiento feminista comenzaba a ganar fuerza, las estructuras patriarcales seguían dominando, y la violencia de género era un problema silenciado y normalizado. Y esto lo vemos en el mismo personaje de Kendrick a quien le dicen que debe sonreír más, ser menos inteligente y la quieren presentar de un modo mas “sexy”, mostrando así la realidad sobre cómo se ha visto a la mujer durante toda la historia.
El trabajo de Ana Kendrick como directora de la cinta también es notable al usar los entornos y la atmósfera para intensificar esta sensación de aislamiento. Los encuadres cerrados y la iluminación opresiva refuerzan la experiencia psicológica de ser ignorada y atrapada en un sistema que no escucha, así como la frustración y el desgaste emocional que genera tener que callarse ante comentarios que en realidad no son ni graciosos ni ingeniosos. Y podemos notar esa lucha interna entre el miedo, la rabia y la impotencia que sienten las víctimas de violencia cuando sus voces son acalladas. Por eso también empatizamos con ella cuando, alentada por la maquillista, se sale del guión del programa de citas y comienza a hacer las preguntas que en realidad quiere hacer.
El final de la película me pareció muy interesante al mostrar lo que toda mujer en peligro ha aprendido a hacer, mostrarse dócil para que así su predador no acabe con ella. Para que después fuera liberado (y aquí hablo de lo que sucedió en la vida real cuando atraparon a Rodney justo porque una superviviente lo denunció).
El Asesino del Juego de Citas no solo es un thriller que habla sobre un asesino serial, sino también una crítica social necesaria que muestra cómo el contexto sociocultural refuerza las dinámicas de poder. A través de su narrativa, nos recuerda la importancia de escuchar y creer a las mujeres, de no minimizar sus experiencias y de luchar contra una cultura que, durante tanto tiempo, ha normalizado la violencia de género. Y es una invitación a reflexionar sobre cómo podemos ser una sociedad que escucha, cree y actúa.
En definitiva, esta cinta no solo entretiene, sino que demuestra cómo el pasado sigue resonando en el presente y cómo el cine puede ser una herramienta poderosa para visibilizar luchas que parecen nuevas, pero que en realidad no lo son. La pregunta sigue en el aire: ¿hemos avanzado lo suficiente o seguimos ignorando las mismas señales de advertencia?






